La sequía pone a prueba el futuro de la producción de alimentos en República Dominicana
Santo Domingo. República Dominicana cuenta con reservas de arroz suficientes para afrontar las necesidades inmediatas, pero la disponibilidad de agua para las próximas cosechas se perfila como uno de los principales desafíos para el sector agropecuario, en un escenario marcado por la sequía y una mayor incertidumbre sobre el comportamiento de las lluvias.
Un inventario físico realizado entre el 24 y el 27 de agosto por la Unidad Ejecutora de Pignoraciones (UEPI) contabilizó 7.137.302 quintales de arroz en molinos y factorías del país, equivalentes a unas 713.730 toneladas métricas. De ese volumen, 3.586.705 quintales correspondían a arroz pulido.
Las mayores existencias se concentraron en las regiones Norcentral, con 2.547.497 quintales; Nordeste, con 2.064.874, y Noroeste, con 1.377.016.
El volumen almacenado ofrece un margen para atender el consumo en el corto plazo, pero no determina cuánto tiempo puede mantenerse esa reserva ni garantiza que existan las condiciones hídricas necesarias para reponerla mediante nuevas cosechas.
El escenario pone de relieve un desafío que trasciende al arroz y alcanza a otros cultivos fundamentales para la alimentación de los dominicanos.
La Organización Meteorológica Mundial (OMM) informó recientemente que el actual episodio de El Niño está plenamente establecido y que existe una probabilidad cercana al 100 % de que persista hasta febrero de 2027.
El organismo prevé además que el fenómeno pueda alcanzar una intensidad muy fuerte y ha advertido de un aumento del riesgo de fenómenos meteorológicos extremos, aunque sus efectos concretos varían según cada región y dependen también de la interacción con otros patrones climáticos.
En República Dominicana, la evolución de las lluvias y la disponibilidad de agua adquieren especial importancia para las zonas agrícolas que dependen de los sistemas de riego.
Para el productor y agrónomo dominicano Marcelo Reyes, el comportamiento del clima obliga a diferenciar entre la variabilidad climática natural y los cambios de largo plazo asociados al cambio climático.
Reyes señala que un episodio concreto de sequía no permite, por sí solo, atribuirlo al cambio climático y que para establecer modificaciones climáticas es necesario analizar tendencias durante períodos prolongados.
No obstante, desde su experiencia en el campo observa modificaciones en las condiciones en las que se desarrolla la actividad agrícola.
Entre ellas menciona el aumento de las temperaturas en determinadas zonas, que en algunos casos, según sus observaciones, puede rondar los dos grados Celsius, con efectos sobre los cultivos y las labores agrícolas.
Uno de los cambios que identifica está relacionado con los calendarios agrícolas.
En la Línea Noroeste, una de las principales zonas productoras de arroz, explica que tradicionalmente la siembra se concentraba aproximadamente entre el 15 de diciembre y el 20 de enero, mientras que algunos productores han comenzado a adelantar las labores hasta octubre.
Para Reyes, estos cambios reflejan una mayor variabilidad en las condiciones de lluvia y obligan a los agricultores a modificar sus decisiones sobre cuándo iniciar los ciclos productivos.
El fenómeno no se limita al arroz.
La disminución de las lluvias también puede afectar cultivos como el plátano, la yuca y la batata, con consecuencias diferentes dependiendo de la etapa de desarrollo de cada producto y de las condiciones del suelo.
En el caso de la yuca, Reyes explica que la falta de humedad puede endurecer determinados suelos y dificultar la extracción de las raíces. Durante la cosecha, los tubérculos pueden romperse y algunos productores pueden optar por no recogerlos, reduciendo así el volumen que llega al mercado.
Los efectos de la sequía pueden trasladarse a la cadena de comercialización cuando una reducción de la producción provoca mayores costos o disminuye la oferta.
Sin embargo, Reyes advierte de que el comportamiento de los precios no puede atribuirse exclusivamente al clima y señala también el peso de la intermediación y de las dificultades de comercialización.
Como ejemplo, cita situaciones en las que un productor puede vender un plátano por entre 10 y 12 pesos mientras el consumidor llega a pagar alrededor de 40.
La diferencia, sostiene, evidencia que la seguridad alimentaria no depende únicamente de producir más, sino también de mejorar la forma en que los alimentos se movilizan desde las fincas hasta los mercados.
Otro de los retos identificados por el productor es el aprovechamiento de los alimentos que quedan fuera de los circuitos comerciales por razones de apariencia o calidad.
Una parte de los productos considerados de segunda categoría o rechazados puede seguir siendo apta para el consumo o utilizarse como materia prima para procesos industriales.
Reyes plantea ampliar el procesamiento de productos como mango, plátano, limón y diferentes vegetales mediante la elaboración de jugos, pulpas, harinas, conservas y otros derivados.
El limón, por ejemplo, puede transformarse en jugo durante los períodos de mayor producción y conservarse para su utilización posterior.
Este tipo de alternativas permitiría reducir las pérdidas y aprovechar una mayor proporción de la producción, especialmente en períodos en los que las condiciones climáticas dificulten la continuidad de los cultivos.
La adaptación del sector también pasa, según Reyes, por incorporar nuevas tecnologías.
El productor y agrónomo plantea avanzar en agricultura de precisión, sistemas de riego más eficientes, utilización de drones y herramientas para monitorear los cultivos y determinar sus necesidades de agua.
La incorporación de estas tecnologías permitiría, entre otros objetivos, utilizar de manera más precisa los recursos disponibles y mejorar la toma de decisiones en las fincas.
La capacitación de productores y técnicos será también necesaria para que estas herramientas puedan incorporarse de manera efectiva a las labores agrícolas.
El escenario climático plantea un desafío que va más allá de una temporada concreta.
Las reservas actuales de arroz permiten atender las necesidades inmediatas del mercado, pero la continuidad del abastecimiento dependerá de la capacidad del país para mantener nuevas cosechas.
Para ello será necesario garantizar el acceso al agua en las zonas agrícolas, mejorar la infraestructura de riego, reducir las pérdidas en los sistemas de distribución y planificar las siembras de acuerdo con la disponibilidad del recurso.
La gestión de los embalses y de los sistemas de riego adquiere especial relevancia en las regiones donde la agricultura depende de esas fuentes para mantener la producción.
El debate, por tanto, no se limita a determinar cuánta agua existe en un momento determinado, sino también a establecer cómo distribuirla y utilizarla de manera eficiente entre las diferentes actividades y necesidades del país.
El caso del arroz permite observar con claridad la relación entre reservas, agua y producción futura, pero el problema es más amplio.
El plátano, la yuca, la batata y otros cultivos también están expuestos a los cambios en las condiciones de humedad y temperatura, mientras que las pérdidas posteriores a la cosecha y las dificultades de comercialización pueden aumentar la vulnerabilidad de los productores.
Para el sector agropecuario dominicano, el desafío consiste en mantener la producción de alimentos mientras enfrenta condiciones climáticas que pueden resultar menos predecibles.
La capacidad de respuesta dependerá de factores como la disponibilidad y gestión del agua, la planificación de las siembras, la incorporación de tecnología, la reducción de pérdidas y el fortalecimiento de las cadenas de comercialización.
El inventario de arroz ofrece una fotografía de la capacidad del país para atender el corto plazo. El comportamiento de las lluvias y la disponibilidad de agua determinarán, en buena medida, la capacidad para sostener esa producción en el futuro.
Por ello, la sequía no solo representa un problema para los productores que dependen directamente de la lluvia o del riego. También constituye un desafío para el abastecimiento y la seguridad alimentaria de República Dominicana.
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